Desperté gritando

Desperté gritando.

Desperté gritando en la sala de mi casa, cubierto de un sudor helado que me perlaba la piel. El corazón me aporreaba las costillas, un tambor desbocado en la garganta. Fue la sensación de aire fresco en todo mi cuerpo lo que me hizo caer en cuenta que estaba completamente desnudo.

Había sido un sueño. No, más bien, una pesadilla.

Todo comenzó en la quietud sofocante de la madrugada. De pronto, unas sombras negras se materializaron de la oscuridad, danzando y rodeando mi cama. La sensación era idéntica a la parálisis del sueño que padecí de niño, no podía mover un solo músculo. Pero, esto era diferente; se sentía desesperadamente real. Esas malditas sonrisas espectrales y esas miradas tan profundas me paralizaron, dejándome sin aliento.

Lo más escalofriante ocurrió cuando empezaron a destrozarme la ropa. Sus largos y afilados dientes, la única cosa que lograba definir en la penumbra, rasgaban y arrancaban trozos de tela.

¿Y mi esposa? ¿Dónde demonios estaba? Era el único pensamiento coherente que quedaba, pero no podía girar el cuello para buscar a quien se suponía dormía a mi lado. La conciencia se me escurría lentamente, mientras mi cuerpo y mi alma caían juntos en un abismo de terror.

Después, la nada. Negro absoluto. No había luz, ni sonido, ni espacio, pero yo era terriblemente consciente. La desesperación me asfixiaba, el ansia de moverme, de gritar, de hacer algo, cualquier cosa, me quemaba.

Lo que pareció una eternidad se rompió cuando mi cuerpo sintió el frío piso de la sala al despertar. Me palpé, no había una sola marca, ni un rasguño, nada que probara el horror que acababa de vivir.

Me puse en pie a trompicones. Mi pierna derecha estaba adormecida por la extraña postura en la que me había acostado. Ignoré el cosquilleo y me dirigí a la cocina, con la necesidad urgente de un vaso de agua para aclarar la mente.

Pero a mitad de camino, me detuve.

Mis ojos cayeron sobre el piso, ahí estaba ella. Mi esposa, tirada, igualmente desnuda. Estaba acurrucada en posición fetal, y un sollozo lastimero era lo único que profanaba en la silenciosa madrugada.

Lancé un pequeño pulso mágico. Un roce invisible que, para ella, se sentiría como un suave cariño en la mejilla, un hechizo simple que a veces uso para despertarla con una caricia. Al instante, ella arqueó el cuello y me miró.

Se levantó de golpe y se lanzó a mis brazos, llorando. Fue al abrazarla que noté que su cuerpo estaba igualmente empapado en sudor, sintiéndose tan frío como si se hubiera bañado en hielo.

—¿Qué… qué sucedió? —me preguntó con voz rota, aferrándose aún más fuerte.

—No lo sé, amor —respondí, y comencé a besarla suavemente en el cuello—. Pero todo va a estar bien, confía en mí.

Mientras mis ojos se terminaban de adaptar a la oscuridad de la sala, me quedé viendo los suyos. Esos profundos ojos oscuros que parecían devorarlo todo.

Entonces, ella sonrió.

Y vi sus largos y afilados dientes.


Coso
Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License